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Luz en las ventanas

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En el verano de 1977, David Bowie llevaba ya varios meses viviendo en Berlín. Cuentan que una tarde, asomado al ventanal de la sala de grabación de los estudios Hansa, vio a una pareja en la calle, junto al Muro, besándose bajo la torre de vigilancia de la Köthener Strasse. Aquella imagen, dicen, dio pie a la creación de una de sus letras más celebradas: Heroes. Durante décadas esa fue la versión oficial, pero no fue exactamente así. En realidad, Bowie mintió, porque no tuvo que asomarse a ninguna ventana para ver a aquella pareja que le hizo recordar el beso de los Amantes entre los muros del jardín de Otto Mueller.
Para empezar, las ventanas de la sala de grabación de los Hansa estaban a más de dos metros de altura. Tendría que haberse encaramado al piano o trepar por la pared hasta llegar a la repisa y, aun así, difícilmente podría haber mirado hacia abajo. Los amantes –Tony Visconti, su amigo y productor, y Antonia Maas, una de sus coristas– estaban besándose en la misma sala que…

Agujeros negros

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Cuenta Chris Smith, teclista de Smile –lo que más tarde sería Queen–, que, a finales de los 60, cuando Freddie Mercury era aún Freddie Bulsara, muy pocos lo tomaban en serio cada vez que decía que iba a ser una estrella. Un día, Smith entró en el West Kensington Pub de Elsham Road y se lo encontró allí, apostado en la barra, con la cabeza apoyada en las manos, totalmente ausente. Se sentó a su lado y le preguntó: «¿Qué te pasa, Fred?». «Que ya no voy a ser una estrella», le contestó. «¿Cómo que no? Nos lo has prometido, no te puedes echar atrás. ¡Claro que serás una estrella!». Freddie se giró y le dijo: «No voy a ser una estrella. Voy a ser una leyenda».
El resto es historia. Freddie fue una estrella primero y una leyenda después. Pero, hasta lograrlo, tuvo que sobrevivir vendiendo ropa usada en el mercado de Kensington. A veces, pocas, vendía también alguno de sus cuadros. Durante los primeros años de Queen no tuvo más remedio que alternar su vida de proyecto de leyenda con la de v…

Cajas negras

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He vuelto a tener ese sueño otra vez: voy corriendo. Corro mucho, sin parar, hacia un precipicio. Corro al límite de mis fuerzas, como si alguien me persiguiese, pero no hay nadie más. Solo soy yo corriendo hacia el precipicio. Corro hasta que dejo de sentir las piernas. Al llegar al borde, freno en seco. Tomo aire, me asomo y miro hacia abajo. Está altísimo. No entiendo qué hago allí, así que doy la vuelta y regreso a casa caminando. Cuando llego, descubro que me he dejado las llaves en otra cazadora.
Tiene gracia que sueñe con esto, porque la última vez que corrí fue en una clase de gimnasia a los 16 años. No creo que existan muchas razones en la vida por las que merezca la pena correr. Aun así, últimamente no dejo de soñar que corro, aunque sea hacia el abismo y luego me arrepienta. Supongo que mi subconsciente intenta decirme algo que me resisto a aceptar.
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Casas vacías

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Cuando era niño amaba el olor a nuevo de las cosas. No lo podía evitar. Las gomas de borrar, los tacos de plastilina, el celofán, el pegamento, los juguetes de plástico o los lápices recién afilados desprendían un aroma intenso del que siempre procuraba empaparme. Al crecer, descubrí otros: el de habitación recién pintada, el de baño desinfectado, el de nube quemada, el del cemento fresco, el del papel plateado de las cajetillas de tabaco y, sobre todo, el de coche nuevo. Soy incapaz de olvidar el olor del último coche que compró mi padre. Recuerdo el día que me llevó con él a recogerlo al concesionario, hace ya treinta años. Era un Ford Escort de color gris, un homenaje a la línea recta, con los asientos tapizados estilo Arkanoid. En sus aletas delanteras, sobre el embellecedor metalizado que lo atravesaba, una inscripción decía Laser. Aquellas letras me hacían sentir como si me estuviese subiendo a bordo de una nave espacial.
Todas las cosas huelen distinto cuando se abren por prim…

Cualquier tiempo pasado

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Hay gente capaz de cualquier cosa con tal de salir en las noticias. A Nigel Mills lo arrestaron la semana pasada por poner su DeLorean DMC-12 a 88 millas por hora (140 km/h) en una carretera de Essex, en Inglaterra. Esto no pasaría de ser una infracción de tráfico normal y corriente de no haber sido porque ocurrió a la velocidad exacta y en el mismo coche en que los protagonistas de Regreso al futuro conseguían transportarse en el tiempo. En el caso de Mills, al futuro: a un calabozo de Chelmsford con una multa en el bolsillo. No vale la pena.
Es curioso cómo nos define ese deseo de estar en otra parte, porque el tiempo, en este caso, se convierte en un lugar. Cuando uno fantasea con la idea de viajar al pasado, en realidad lo está haciendo solo con su pasado. Si uno plantea entre adultos la pregunta “¿Viajarías al pasado o al futuro?”, casi todos responderían que al pasado. Y es normal, porque sería estúpido viajar al futuro, cuando todos nuestros seres queridos estén muertos o enfe…

Disneylandias del horror

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La idea se me ocurrió hace años, cuando vi a un niño correr tras la cabeza recién arrancada de la estatua de Sadam. Varios hombres la arrastraban con cadenas por las calles de Bagdad y aquel niño, de unos diez años, la golpeaba sin parar con una alpargata. La caída de cualquier régimen totalitario debería ser siempre motivo de celebración, pero, en aquel momento, yo sentí pena por la estatua. Me puse en su lugar y me pregunté si de verdad tendría ella la culpa de tanto dolor.
Días antes, en Filipinas, alguien hizo explotar desde dentro el mayor monumento erigido en honor al dictador Marcos: un gigantesco busto de piedra tallado en lo alto de las montañas de Benguet, no muy lejos de Manila. La estatua reventó a la altura de los ojos. El resultado de la explosión fue devastadoramente hermoso. Lo hermoso, pienso, fue que la estatua encontrase en la muerte su verdadero contexto.

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Luis Eduardo Aute: «El pesimismo representa una casi incondicional rendición»

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A sus muy honorables setenta y dos, Luis Eduardo Aute mantiene muy viva la sana costumbre de cuestionarlo todo y también la de cuestionarnos y cuestionarse a sí mismo. Al fin y al cabo, su obra podría haber sido eso todo el tiempo: el eterno monólogo de un hombre ante el espejo del alma. Del ánima que da nombre al animal –que no la bestia– que asume, sin resignarse, el constante desafío de la vida.
“El sexto animal” es la constatación de ese espíritu rebelde, inconformista y combativo, a veces socarrón, siempre afiladísimo y ácido, pero también tierno y humano cuando procede, que eleva sus dudas universales a niveles astronómicos, que se pregunta por el fin sin olvidarse del principio, que resta la física a la metafísica, y que, contraviniendo toda norma, mira el pasado con escepticismo y el futuro con nostalgia.
Celebra estos días sus 50 años en el mundo de la música, pero sigue sufriendo cada vez que ha de subirse a un escenario. Por suerte, aún consigue encontrar paz de espíritu e…